Amalia Rufino Migens evoca su niñez y su juventud, disfrutadas en el ACAR

Sus primeros recuerdos la transportan a Tablada. Amalia Amalia Rufino Migens era conocida por todos como la hija de Antonia, la estanquera de Tablada. Un negocio que su madre, Antonia Migens Morales, gestionaba en la Base Aérea de Tablada tras la muerte de su marido.

Antonia estaba casada con Emilio Rufino García y, tras quedarse viuda a los 30 años, solicitó un estanco para sacar a sus 8 hijos adelante, y le fue concedido el de la Base Aérea de Tablada. En este momento, Antonia se traslada a la Base de Tablada a escondidas de su padre. “No quería que viniera aquí. Tú imagínate una mujer viuda, en la época aquella, irse a un cuartel. Eso sonaba rarísimo”, relata Amalia. Sin embargo, uno de los tíos de Amalia era militar. Él fue quien lo organizó todo. Aunque su abuelo estuvo enfadado durante algún tiempo con su hija, se le acabó pasando cuando vio que todo era muy normal, “y de vez en cuando, él venía también”, recuerda.

Según cuenta Amalia, hija del matrimonio, sus hermanos y ella pasaron una feliz infancia en las calles de Tablada. Todo el mundo conocía su familia. “Lo pasé muy bien aquí, tenía muy buenas amigas en la cantina”. Además, su tío era el dueño de una de las dos cantinas de la zona. Por tanto, el ambiente era muy familiar. “Todo el mundo nos quería mucho. A nosotros nos ayudaron bastante, a mi madre la querían mucho todos”. “Nosotros estuvimos muy bien, nunca tuvimos problemas ni dimos escándalos ni dimos jaleo. La más liosa era yo, que me venía a reñir el Capitán Jurado”, admite, entre risas, Amalia.

Como anécdota, Amalia recuerda cuando hizo la Primera Comunión en Madrid. El Ejército del Aire le ofreció a los huérfanos la oportunidad de recibir la Primera Comunión en el Colegio del Santo Ángel de la Guarda. Es así como Amalia y su hermana visitaron la capital. Allí, un joven que había hecho la mili en Tablada, al que Antonia había ayudado cuando cayó enfermo, se encargó de cuidar a las hermanas.

A medida que sus hermanos fueron creciendo, cada uno empezó a formar su propia familia. Pero no se desvincularon de Tablada. De vez en cuando, volvían al lugar que les vio crecer, e incluso traían a sus hijos. “En la Plaza de Armas tenemos fotos celebrando cosas, el día de Reyes… Todo se celebraba ahí con mi madre”.

Amalia explica que su madre estaba todo el tiempo en su puesto de trabajo, incluso por las noches, cuando hacían guardias. “No se cerraba”, añade. No obstante, su madre se vio obligada a cerrar el negocio cuando sufrió una congestión. Fue entonces cuando se fue a vivir a Heliópolis, donde residían algunas de sus hijas, entre las que se encontraba Amalia, que vivía con la familia que había formado junto con su marido que, al igual que su padre, también murió joven. “Todos estos recuerdos se han agolpado en mi mente al atravesar ese umbral.¡Qué felices fuimos aquí!”, explica emocionada y feliz con esta emotiva visita a Tablada.